Brasil, la apuesta social

Recuerdo perfectamente las palabras que hace un año pronunció la presidenta Dilma Rousseff en una reunión en Porto Alegre, previa a la cumbre de Río +20. Sin rodeos, afirmó: “Europa está empezando a perder todo aquello porlo que nosotros nos queríamosasimilar. Al paso que vamos, Europadejará de ser el modelo al que hastaahora aspirábamos”. Lo decía en referencia a los efectos que, sobre el Estado del bienestar, ya empezaban a tener las draconianas medidas de austeridad impuestas en el continente. Palabras y argumentos que reiteró recientemente el presidente Lula en su discurso en Barcelona, con motivo de la ceremonia de entrega del Premio Internacional Catalunya, donde repitió su conocida frase: “Nosotros no hemosredistribuido riqueza porque hayamoscrecido económicamente, hemoscrecido económicamente porquehemos redistribuido riqueza”.

Y es que el modelo de éxito brasileño no se puede entender sin la centralidad de las políticas sociales que emprendió el gobierno de Lula y que siguen siendo el eje central del de Rousseff. Programas como Fome Zero, Bolsa Familia o el notable incremento del salario mínimo no solo han cambiado la vida de millones de ciudadanos brasileños, sino que han contribuido sustancialmente a la creación de una nueva clase media y al crecimiento económico del país. Estas son las razones que hacen que hoy Brasil no sea solo una de las famosas potencias emergentes, sino también un modelo en políticas de intervención e innovación social.

Son múltiples los factores que explican el optimismo que hoy se respira en Brasil, más allá de su acción social: la abundancia de recursos naturales, un gran mercado interno, una población relativamente joven, una política macroeconómica sensata y estable, la consolidación democrática, etcétera. Pero lo que lo diferencia de otros países emergentes –mucho más inestables– es su apuesta social: una socialización del crecimiento que genera la cohesión y estabilidad necesaria en un país con desigualdades todavía enormes, y que posibilita que este modelo, a pesar de sus carencias, sea más sostenible.

Manuel Manonelles POLITÓLOGO

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